9 LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS. Recobrando la memoria.

 



13,8 billones de años después del inicio del universo…

Ahí, prisionero del Anthonio en el centro más infame de Limma, empezó a recordar quien era, este fue su más lejano recuerdo:

 

…el niño viaja con Madre por las trincheras subterráneas, un grave ruido domina esas amplias oscuridades, se alejaron tanto que están más cerca de los enemigos que nadie, a madre le cuesta orientarse por el laberinto de túneles entre los estratos de ciudades sepultadas y aplastadas una contra la otra. Las habitaciones se suceden de diverso tamaño, pero todas sin una ventana. Hay trenes angostos que se hunden en la roca sólida, llegan siempre a atrios vacíos de gran altura algunos, se dice, incluso emergen a la superficie, pero no se debe subir o según el tabú, moriremos. Nadie ha visto la superficie de Limma, algunos conjeturan que no existe. O que es ociosa metafísica hablar de ella. En todo caso todo movimiento por una ley no escrita es horizontal, solo se sube o baja por escaleras que siempre encuentran roca sobre ella, un vapor viaja por los techos de los corredores como ríos inversos de diáfano cauce.

Madre lleva meses con su hijo buscando por entre esa guerra contra la abyecta teología herética, su esperanza era encontrar a Padre y lograr que la proteja de este horror reinante, este había viajado muy lejos luego del pecado nefando, después ella concibió, pero no destruyó el producto innatural como imponía la ley, pensó usar ese error en su provecho, para las personas primitivas las cosas tienen un significado práctico o no lo tienen en absoluto, las cosas valen más que las personas y acaso estas solo valen en cuanto  también son cosas. Madre buscó interminablemente, su viaje ya había sido muy largo por las numerosas ciudades enterradas y vacías. Una Limma sin usar. En los trenes ahora solo llevaban tropas, ella disfrazada de hombre había logrado usarlos simulando ser un soldado. Madre recorrió incluso zonas de batalla y había logrado sobrevivir. A veces entre ciudad y ciudad solo había un camino angosto y extremadamente largo y totalmente a oscuras, recorrerlo era un reto al natural miedo a la oscuridad y a la incertidumbre. Ya muy lejos, escuchó rumores, ecos del hombre que buscaba. Madre sabía que ya estaba un poco más cerca. Al llegar a una región de frontera con “los heréticos” las autoridades locales conocían plenamente a Padre. El plan estaba cerca, no debía titubear, pero la asalto el sinsabor de un plan con pocas esperanzas.

Niño: ¿Por qué no subimos nunca las escaleras?

Madre: Es pecado. Si lo haces no te podré dejar volver —y recordó que haberlo engendrado también era un pecado del que ella no podía volver.

—He leído que las rocas y la tierra cesan y en su lugar hay solo aire.

—Si es así, ¿cómo podrías vivir en solo aire? Nadie ha visto la superficie, solo existe en los sueños de los filósofos —agrego con ese profundo desprecio que sentía su especie por cualquier actividad no práctica.

—Pero hay palabras y dibujos de la superficie —dijo el niño y pensó que si él fuese libre subiría las escaleras hasta ver esa misteriosa región. El nebuloso límite del mundo.

En ese momento llego un soldado enorme: Phratedes. Su andar hasta madre asemejaba el avance de un ejército invencible.

—Señor —dijo a Madre—, podrá hablar con el comandante, sea breve en una hora atacarán los heréticos. Ya se le avisó que un soldado lo busca. Esta madrugada habrá una batalla que durará algunos meses. Una vez que conversen debe partir de inmediato.

Madre entró a una habitación austeramente militar. Padre, alto y disciplinado sabía perfectamente quién lo buscaba. Madre entró asustada sin decir nada, desenvolvió al niño como quien desenvuelve un paquete y lo mostró extendiendo sus brazos. Padre miró a su hijo por primera vez. Su deber era repudiarlo y ya estaba decidido a ello. A diferencia de la mayoría de hombres no había engendrado con su erómenos. Ese punto débil era clave.

A solas con Padre, Madre no dejó su fingido rol de soldado, en estas épocas la única forma gustar a un hombre era parecer uno. Aunque nunca lo conseguían siempre apostaban a ese travestismo erradamente.

—Aquí tienes —dijo y dejó caer al niño toscamente al suelo. Este estallo en un llanto terrible al lastimarse.

—¿Por qué ha permitido este crimen? Debió eliminarlo cuando aún no era consciente. Cuando no era una persona.

—Lo he cuidado para ti. Y ahora me necesita. Te necesitamos.

—¿A cambio de qué?

Madre lo miro anhelante, casi como si un lobo mirara con codicia una presa.

—Sería anormal, ¿Cómo puede pedirlo? —dijo Padre— una abominación, solo hay una solución, déjemelo, lo cuidaré con mi erómenos y lo esconderé en el ejército que es el único lugar seguro.

—No puedo separarme de él —dijo Madre aterrada al ver su plan tambalear.

—Quiero al niño, no a ti. Él para ti no es más que un medio, un instrumento, para mí y para mi especie, será un fin. El ejército cuida muchos niños, incluso los hijos del enemigo son adoptados, el dios también quiere que se cuide de ellos, déjalo y vete. Sin un hijo a cuestas podrás salvarte. Vuelve con tu mala raza.

Ella se sintió perdida. Como toda su especie se sentía.

Padre se fue dando órdenes de que los soldados retuvieran al niño y despidieran al soldado.

—Déjamelo solo una hora —rogó llorando Madre. Padre, equivocándose, lo consintió. Luego dejó la habitación. No lo volvería a ver.

Madre descubrió que se había esforzado inútilmente por años. Ya se sentían a lo lejos los golpes del inicio de la batalla, Phratedes inocente de lo ocurrido, ayudó al aparente soldado y al niño.

—Vallan al refugio de niños por este sendero, no atacarán ahí los heréticos, saben que incluso sus hijos serán refugiados ahí.

Madre empezó andar por el sendero señalado, pero no siguió la ruta indicada, sino que se internó en la oscuridad. Al salir de la línea fuego, el niño soñoliento despertó ya lejos de todos sus sueños y posible futuro. La mirada de amor de la Madre se había borrado para siempre.

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