LA GUERRA CONTRA LOS HUMANOS: Zorros perpendiculares

 


13,8 billones de años después del inicio del universo…

Por toda una semana madre e hijo huyeron, la batalla saturaba todos los recovecos de Limma con su horror y los obligó a ascender por un edificio altísimo, no debían subir tanto pero el peligro de la matanza entre las dos teologías del dios los obligo a acercarse a la superficie prohibida. Madre supo que ya no debían subir más. Con el retumbar de la guerra bajo sus pies madre e hijo esperaron que la matanza acabe.

—No te alejes —dijo madre mirando al niño como a un enemigo. 

No se sabe si por curiosidad, torpeza o por el presentimiento de que algo malo le esperaba, el niño desobedecería. Grandes peligros y males asechan a los niños que ya no le sirven a nadie, pero, aunque mudos como los animales, los niños pequeños parecen saber muchas cosas sin haber siquiera vivido un poco. Son las miles de generaciones detrás de ellos que les han heredado su experiencia, han depositado en sus genes lecciones, duras lecciones. Por eso quizás, en medio de la noche el niño empezó a andar al azar mientras madre fingía dormir.

Temerariamente subió unas escaleras cuyo fondo superior se alzaba vertiginoso y remoto, al mucho rato de subir se encontró con un leve resplandor sobre las últimas gradas y con un aire más limpio y delgado, sabía que estaba cerca del límite prohibido, titubeó como si ya antes hubiese cometido ese error en otra vida y en otro tiempo. Aun así, aunque todavía no había hecho nada, respiró profundo antes de empezar ese largo camino que lo llevaría hasta el fin del universo.

Unos pocos pasos y sus ojos vieron un paisaje inofensivo, pero raro, dejo de haber algo encima de él por primera vez, y era un vértigo, un abismo sobre su cabeza. Temió caer en él. Ese aire interminable confundía su mente acostumbrada a ver siempre lo sólido.

Nada más hipnótico que ese hueco que es el cielo, solo hay sensación de algo si hay cognición de ese algo, pero ese hueco era incompresible. No había palabras en su idioma para el concepto de cielo. Por ello su mente inicialmente no vio nada, pero dada su juventud su mente pronto se adaptó y pudo. Esto ya lo hizo diferente de los humanos de abajo. Era el pobre inicio de su metamorfosis irreversible a trans-humano. 

Al concentrarse en esa vastedad vacía, vio que tenía puntos microscópicos, estaban fijos y brillaban con una minúscula debilidad. Millones de puntos de luz nítidos y titilantes. Como los millones de ojos de un dios. Un dios curioso y minuciosamente consciente, condenado a un insomnio cósmico. Era el cielo del planeta Tierha. Y eran como los fríos ojos de otros mundos posados sobre él. Y aunque helados, daban alguna orientación en la nada cósmica. Sintió que era bello. Lo más bello que nunca había visto. Un sutil río de luz reptaba sutil por entre esa miríada de estrellas. Y olvido el miedo que antes había sentido. Lo embrujó la noche. Unos pasos más y esas delicadas estrellas dieron paso a algo aún más asombroso, había un blanquísimo cuerpo flotando, una esfera perfecta y sin peso gravitando en las alturas inalcanzables, a mucha distancia, pero muy nítida, un objeto bello y sin imperfecciones que emitía abundante una luz blanca y pura que dejaba bordes azules intensos en el resto de ese hemisferio celeste. Luego de acostumbrarse a su intenso brillo, el niño eracom vio países de una claridad viva sobre su superficie. Debía ser la remota ciudad donde vivía el dios. Qué vida podría haber en aquel etéreo y purísimo lugar si no solo la celestial. Dedujo que el planeta Tierha era la sombra esférica y negra de aquel mundo blanco, también redondo, y girando por la fuerza de la poesía y de una sublime melancolía. Acaso también los seres humanos eran sombras pardas de otros seres perfectos e inmutables que habitaban aquel mundo que flotaba plá-cido en el Ouranos.


Presintió que una copia de él mismo existía allá arriba, un ser completo y armónico, amado, bello, inmóvil y pleno de justificación, no lo que acá era: errático y borroso, como el mundo en el que habitaba. Acaso su destino terrestre era la forma cambiante que adoptaba la sombra de su yo celestial, este estático y siempre igual a sí mismo, no cambiante y siempre perdiéndose de sí mismo en cada movimiento, que su voluntad y libertad para elegir su futuro estaba sujeto a una determinación lejana y ajena a sus deseos. Aquí abajo, él era solo un esclavo de Madre o de la bioreligión o de la causalidad y el azar. Supo ese día que las alturas de la eternidad lo esperaban, no importaba que tanto sufriera en este mundo para llegar hasta ella, lo haría finalmente.

Aderezada la noche por gemas desparramadas por miles, vigilaba su andar desorientado, por el mundo negro de los terrícolas, que también es redondo, pues el objeto que lo proyectaba lo era, pensó refiriéndose a la luna, de la que el planeta era sombra y acaso su hueco.

Le pareció vergonzoso ser humano y vivir en este mundo oscuro y triste. Pero la blanca y fría Luna de alguna forma lo perdonaba y acariciaba su cara infantil con su luz fría. La magia de la desconocida noche lo arrebató. Pero este extramuro del mundo era un lugar raro y peligroso. Él era el primer hombre en subir y los que antes lo habían hecho desaparecían acaso arrebatados por demonios, pero la Limma superior ahora parecía vacía e inocua. Acaso los demonios éramos nosotros.

Por el helado paisaje destartalado con sus monumentos agrietados y caídos, sus plazas agravadas de soledad, sus edificios plomos y sus calles de nombres intraducibles a la lengua actual; el niño caminó, por la congelada y vacía ciudad de la noche se perdió. Limma era una fotografía inmóvil en 3 dimensiones, un diorama de un mundo ya desaparecido que eracom exploró.

A lo lejos vio unas tenues luces en una extraña plaza circular, edificios de caprichosas formas concéntricas a un monumento altísimo acabado en una especie de humano con alas y las manos levantado una espada, alrededor del cual giraban unas casas derrumbadas como postrándose con devoción a aquel ángel monumental, de esa plaza circular se disparaban avenidas negras interminables, en una de ellas vio una fosforescente luz móvil muy tenue y ciertas figuras negras escabulléndose y moviéndose a veces delante de la luz otras detrás. En esa alta noche de la superficie la humanidad vio, a través de los ojos inexpertos del niño, por primera vez a aquellos seres, realizaban acaso un ritual, eracon escondido miró cada vez más de cerca aquel rito tabú. Pero nunca alcanzaba ver con claridad la luz o a aquellos seres. Si vivían a la sombra de aquel cielo no debían ser malos, o acaso eran tan viles que sobrevivían a la bondad de aquella luz sin purificarse por ella. Se acercó más y más tratando de no ser visto. No se trataba de demonios. Murmuraban una lengua rara con sonidos que no se correspondían a las vocales y consonantes de su idioma.

Los escucho con nitidez, una palabra repetían una y otra vez esas bocas acaso sin labios: thecnetos…. thecnetos…. Al menos eso era más o menos como sonaría en el alfabeto humano, luego oyó unas carcajadas de terror entre ellos. Sonidos borrosos, ecos de sus voces le llegaban incompresibles y le llenaron de miedo. Y, entonces por fin la naturaleza tabú de su ritual se manifestó lleno de tal sordidez y enfermedad que consterno el corazón todavía puro de eracom. Asqueado decidió regresar arrepentido. Pero lo inmovilizaba el terror. No conseguía moverse y la desesperación por huir lo agobió. De repente aquellos seres callaron. Y lentamente giraron sus miradas hacia él. Era el primer humano en verlos y en ser visto. Y algo le hizo entender que eso era mortal.

Con terror sintió un leve peso en su hombro, una mano se posaba sobre él. Un riff de adrenalina estrujo sus riñones y le nublo la vista. Cuando recobró la conciencia de sí mismo, corría casi a ciegas de regreso y sin mirar atrás, pero sintió que esas sombras lo seguían.

       Bajó las escaleras con el corazón golpeando casi hasta romperse. Y casi se desplomó por ellas.

Ya de nuevo en el fondo del mundo, en la cavernosa ciudad a donde pertenece, caminó lento hasta Madre.

Esta ya lo esperaba decidida.

—¿Qué has hecho?

 eracom no respondió.

—Sé lo que pasó —dijo carente de piedad—. Un error trae otro error y este otro. Ya no puedo seguir esa cadena de maldad, estás impuro. Ahora debes morir. Ojalá hubieses nacido muerto —. Le dijo llena de odio.

El niño comprendió su infinito error y se llenó de arrepentimiento, suplicando perdón y auxilio con la mirada.

—Tu lugar ya no es con los hombres, ni con mi especie. 

Le entregó un paquetito que era una forma primitiva de veneno.

—Morirás de todos modos.

—Perdóname —dijo el niño culposo. Era su primera palabra.

—Solo hay una salida —agregó Madre mintiendo, así sería más fácil. —Regresa al mundo de arriba.

El niño comprende que era falso, pero no se resistió. Lo merecía. Se puso en camino, por las escaleras.

       Madre por fin sintió alivio.

—Era tan feo… Tuve un parto fantasma. Su muerte no me molesta. No siento tristeza, ni dudas ni remordimiento. Nunca tuvimos un vínculo —piensa. Era impotente frente a Padre, frente a la especie masculina, pero destruía algo que él amaba y eso la satisfizo.

       Ya arriba, en la superficie el niño ve una vez más las estrellas, la Luna ya está muy lejana y amarilla, antes de encaminarse sus ojos húmedos reflejaban ese cielo estrellado de diamantes, y la Luna brillo en las pequeñas gotas que de ellos resbalaron. Silenciosamente. Aterrado y sin esperanza empezó a andar. Pero observó que la Luna se había posado en el horizonte detrás de la ciudad en ruinas, se había apoyado sobre la Tierha, en unos barrios precisos de Limma, entonces ¿acaso era posible llegar a ese mundo de pureza y felicidad? Allá quizás encuentre la paz y la belleza de esa luz fantasmal. Así que en esa dirección imposible dirigió sus pasos llenos de esperanza. Al lugar donde la Luna y la Tierha se juntan.

Pasos que no cesaran en milenios por entre la abandonada ciudad de Limma. Al alcanzar la Luna, pensaba, podría quedar purificado y salvarme.

       Madre se perdió en el mundo y Padre moriría muy lejos de esa batalla. El niño agotado por las cansadas calles se durmió. Su despertar demoraría años y despertaría sin memoria de quien era.

       Todo eso recordó eracom a los pies de Anthonio




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