2 VIAJEROS DE LA ETERNIDAD: Al pie del multiverso.
A pocos minutos del fin…
2 VIAJEROS DE
LA ETERNIDAD: Al pie del multiverso.
A pocos minutos del fin…
Sí,
L al recordar que M estaba fuera del universo, supo también que este estaba
fuera del tiempo, o sea del pasado, del presente y del futuro, no tenía como
hallarlo, pues el todo, el cosmos, esa cosa monstruosa de 4 dimensiones,
concebibles separadas, pero inconcebibles juntas, contenía el destino de cada personaje
encerrado en su jaula y vigilaba su destino particular y preciso. Una cárcel cósmica
no solo es espacial, no solo nos limita a un espacio, sino en un tiempo y un
modo unívoco de recorrerlo, y él, L, era otro prisionero incapaz de buscar
fuera de esos límites. Solo M era libre, el único de todos estos personajes que
hemos estudiado hasta ahora, dueño de su futuro, pues había salido de esa
prisión que es cada universo. Hasta hoy L solo pudo ser L, debía despegarse de
sí mismo para viajar fuera del universo e ir tras M. El viaje empezaba así.
Pasó esos últimos días en remodelar al Thecnetos convirtiéndolo en
algo muy distinto. Algo dijo de un agujero negro muerto en sus entrañas que debía
revivir. Le quedaban pocos segundos al universo. Mi amo sacrificó la energía contenida
en esos últimos segundos del mundo para intentar despegar la nave, que era,
asimismo, el último planeta.
En realidad, en el instante de su muerte, nosotros éramos el
universo, el último grano de arena de un cosmos que en lo remoto fue grande y
diverso; y ahora era minúsculo y simple, unas horas de camino permitía darle la
vuelta a esas pocas hectáreas de carcomida y enredada tecnología que llamábamos
Thecnetos.
Dije mi amo L, pero sospecho que había más de una persona en él.
Antes de este viaje suicida fluctuaba entre una y otra personalidad, cada una
con un carácter distinto y un propósito radicalmente opuesto en la existencia.
Mi amo era un esquizofrénico entonces.
—Prepárese
para la partida —dijo L a Thalos, el
animal artificial que L logró rescatar de las ruinas del último planeta, lo
había modificado una vez más para que le sirviera en la monstruosa tarea que se
había impuesto y que ahí empezaba—. Entraremos en el multiverso.
—Las
posibilidades de éxito son extremadamente bajas. Si caemos en otro universo, lo
más probable es que sea habitable por otras formas de vida, pero no por la
nuestra.
—Este
universo ya es inhabitable —respondió L—. Hay muchos que sí son habitables, aunque
pocos, la posibilidad de hallar uno es casi cero, pero no es cero.
—Creo
que fue así como murió M, ¿considera poético morir igual? —dijo Thalos un poco para mortificar
disimuladamente a su amo al que odiaba.
L calló estoico. “M” podía haber muerto hace mucho en el universo
que buscaban o haberse extraviado en los laberintos del multiverso. Laberintos
con no solo un arriba, abajo y al frente, sino con muchas más direcciones en
las que perderse. Las posibilidades eran casi cero, pero...
—¿Y
seremos nosotros mismos cuando estemos al otro lado?, si es que ahora usted sigue
siendo el mismo.
—En
este pronto seremos nada, pero si sobrevivimos en el multiverso no viajaremos
al azar, cuando estemos dentro del omniverso obedézcame y los escáneres del
Thecnetos nos guiarán. No dudes o nos perderemos en el vértigo del ser. No te
asustes si el tiempo toma formas extrañas.
Thalos
asintió y solo obedeció a la irritable superioridad de alguien tan despreciable
como L porque su vida dependía de ello. Y deseaba vivir. Una vez en el universo
2, si existía, podría quizá desobedecer sin perder su inmortalidad.
—Debemos
vivir.
—Yo
no viajo para vivir, la vida ya no es la cuestión —dijo L.
—Ese
es un pensamiento contra-natura. ¿Si es así por qué no se deja morir en este
universo?
—Porque sí tengo una razón de vivir en el
universo 2 que me obliga a vivir, incluso contra mi voluntad.
Luego L calló en seco. Al parecer, no
estaba de acuerdo consigo mismo, asomaba esa otra personalidad de la que hablé
y esa lucha que lo había desgastado todos estos años y que lo hizo morir, como
verán al final de mi relato.
—Escogeremos
una ruta adecuada, no desperdiciaremos ningún movimiento —agregó con un
fanatismo ingenuo.
Thalos se preparó.
Yo odiaba la vacuidad de la empresa y su
horrenda infamiliaridad. Era como prepararse siendo un pez para vivir en el
aire o en el fuego, o un punto sin dimensión a existir en la tormenta
meta-dimensional y cambiante que se alzaba en eternidad: el multiverso. Que era
precisamente a donde L nos llevaba. Lo más probable era morir también en el
intento, como le había pasado a M, pero era una posibilidad que no merecía
consideración práctica.
Thalos soñaba con
encontrar un lugar viable. Cuando pudiera, envenenaría a L para ser libre sin
estar sujeto a su atormentado propósito. No había otros seres como él para
procrearse, pero quién sabe si en la eternidad hallaría una solución técnica y
fundaría un linaje de animales artificiales como él. La vida también encendía y
dominaba sus metálicas carnes y tejidos.
—¿Cuánto
tomará el viaje?
—El
viaje puede ser infinito, pero somos inmortales ahora, no importa el tiempo
—dijo L.
—Yo
aún soy mortal —dijo Thalos.
—Ya
no lo eres —respondió L—. Ese es el pago por tus servicios. Serán también infinitos.
—Así
que me paga con vida eterna por algo que no quiso…
Thalos pensó en
obedecer solo por la prometida inmortalidad, pero no era necesario cumplir ese
compromiso... siempre.
Antes del fin, L pensó tristemente en M y
en ese mismo instante desapareció el cosmos. Con él desaparecían la dormida
humanidad, que se hallaba quemada en el último planeta, los bancos de
información genética ya no almacenaban información... pero ya se sabe qué
información es energía y lo que permite al mundo ser. Ese, el ser, fue entonces
el combustible que nos hizo despegar, cada átomo en el mundo se consumió, así
que un secreto holocausto material fue el combustible para mover los engranajes
con los que funcionaba la nave trans-universal que era ahora el Thecnetos y su
motor, un monstro de singularidad donde las leyes de la física se sublevaban.
—Despídase
sus recuerdos —dijo Thalos.
—Ya
no hay nada que recordar. Este universo ya está hueco.
La tensión hizo chirriar las metálicas estructuras de Thalos.
—¿Qué
se siente dentro del multiverso?
—Es
mejor que no lo sepas ahora —respondió L y empezó el viaje.
En los últimos suaves segundos del
universo, los fragmentos del último planeta desaparecieron. No quedo ni el
espacio hueco que ocupaban, el universo expandido hasta el vértigo se rasgó
dejando sin largo, ancho o profundidad la nada. Y sin permanecer. Materia es
cambio, y ya no había ninguno, realidad es interacción y esta era ya inconcebible.
Así dejan de ser los universos. Hacía unos segundos había una humanidad
congelada y luego nada. De ese universo solo quedo la evidencia de que existió
en la huella que dejó en otro hace millardos: La anomalía 234532rwn534k que
conservó algo de la información que de este universo había.
La nave estaba lista, se encendió la
máquina, el universo aceleró aún más frenéticamente su desintegración, el
tiempo se enrareció, en los últimos segundos el Thecnetos consumió toda la
energía remanente y 0,0002 segundos antes del fin, la nave desapareció.

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