3 EPISTEMOLOGÍAS ARTIFICIALES: Se acabó el futuro.

 


Un trillón de trillones de años antes…

 

La humanidad libre del Thecnetos que la aniquilaría, ya era dueña de su vida, breve, pero suya, suya pero sin porvenir. Se acabó el futuro. Algunos empezaron a anhelar esa preservación siquiera abstracta que prometía el Thecnetos, la primera tarea fue acabar con todo gasto superfluo de energía, los niños juguete estaban primeros en la lista, su destrucción inmediata fue ordenada por el ejército invisible.

Destruida la trans-meta-corporación y el Thecnetos, el poder de los rebeldes se disolvió en caos, sin el enemigo ya no somos, como versan ciertas viejas doctrinas dialécticas. Y como reflejo de lo grande en lo pequeño, el descalabro del universo se repetía  en esa minúscula humanidad, tan despistada como los hombres en Babel, pero los cadáveres de las águilas dan vida a los gusanos, ese vacío de sentido fue llenado por oportunistas, pues lo que empiezan los idealistas se lo roban siempre los falsos profetas. Dueño de los escombros del mundo, del reino más pobre y endeble jamás habido, Abismo se entrega a la autocomplacencia de sentir el poder, se adornó de la pompa de los Thaumasios desaparecidos lo más que pudo, el tiempo ya no significaba, ni medía lo mismo que antes, así que no sabemos si fueron semanas o días los que llevaría en el poder antes del fin, pero sí que mandó destruir los telescopios para no ver esa abominación de ver desaparecer las galaxias y la futura muerte de su precioso reino desahuciado. 

Pero recordaba el consejo del Asesor; ¡mata a los niños juguete, mata a N! La insensatez de sus primeras órdenes, encontraron natural oposición en esa casta de idealistas que mataron al Thecnetos, esos idealistas para él eran los más peligrosos en realidad. No esos golems, pero su oposición era la excusa perfecta para matarlos, y en corto tiempo lo logró, la mayoría de rebeldes había muerto en el combate al Thecnetos, los pocos sobrevivientes fueron fáciles de ubicar y ejecutar, ya casi no había ninguno. Pero la cabeza de Petrock no pudo rodar. Nervioso por lo que pasaba, consideró esa carnicería necesaria para conservar la revuelta y sus ideales. Abismo pensaba que mientras hubiera un solo rebelde su culpa existiría y su castigo lo esperaría en algún lado. Así que el sabor del miedo arruinaba su placer de gobernar. El gusto de mandar y ser obedecido y de hartarse de formas simples de placer, 2 o 3, nada más conocía ni podía concebir.

Sí, Abismo era un idiota, los idiotas son peores que los malos, los malos se focalizan en sus enemigos e intereses, los idiotas dañan a todos por igual, al no distinguir lo bueno de lo malo, todas sus acciones son injustas. A pesar de su estupidez Nimis lo admiraba y ahora estaba muy cercana a su poder.

       Apesadumbrado y embriagado de irracionalidad no disfrutaba su situación, pero le gustaba estar sentado en el alto trono de Herakón cuyo cableado estaba quemado e inútil. Al centro de un Castillo de Metal en ruinas.

¿De qué sirve el poder en un mundo que se esfuma? —decía al aire—. Hemos llegado al final de la función, no hay nadie que quiera aplaudirme, y no puedo hacerles a estos contra-revolucionarios algo que no nos haga a nosotros el universo.

Borracho se extraviaba en una culpa y en desesperación confusa.

—Eres el hombre más poderoso ahora, has destruido al Thecnetos —dijo adulándolo Nimis.

—Destruir es fácil, admiro a los hombres que lo construyeron, que maté, pero tú eres de una raza que solo sabe destruir, en eso radica tu poder, solo los hombres hemos construido algo, bueno o malo…

¿Por ejemplo que has construido tú? —se escuchó decir desde una sombra. Era la voz rasposa y profunda del Asesor.

—Le robé al Thecnetos el tiempo que le iba a robar a la humanidad

—Esos generales que mataste fueron los que ganaron la guerra a la tras-meta-corporación, y fui yo quien te indicó como robarles el botín a ellos, y ahora… Quieres más tiempo, ¿verdad?

—Daría todo por un día más —dijo borracho Abismo con tristeza.

—Es posible —dijo el Asesor saliendo de la sombra.

       Ahí en la nublada vista de Abismo apareció su figura humilde pero alta, y muy elegante, casi arrogante, a pesar del aspecto andrajoso, eso insultaba a ese rey ebrio, pero lo dejaría hablar. En los ojos del Asesor había la locura del rey que perdió su reino.

—Sí —dijo el Asesor —. Pero no te ofendas, por naturaleza sé lo que no sabes y puedo lo que no puedes. Es lógico que me odies. No me importa.

Abismo desde su minucia sintió un deseo brutal de matarlo, avergonzarlo, denigrarlo ¿Cómo se atrevía? Sentía con claridad su vacío, su intrascendencia al lado de aquel sabio oscuro. Caminó con sorna a su alrededor, el Asesor calló mirándolo atento y oliendo su fétido hedor de alcohólico. El odio de gente así en el poder era delirante, los que sirvieron ahora eran servidos, los que pidieron ahora eran pedidos. Seres así, con ese poder, eran peligrosísimos. Por eso el Asesor no pidió, ni sirvió, ni se humilló ante Abismo, sabía eso no resultaría para sus planes. El Asesor sabía que la naturaleza esclava de Abismo subsistía en ese emperador de cartón. Había acabado con sus superiores. Ahora, sin ellos, estaba incompleto, Abismo solo era un reflejo en un espejo en el que ya nadie se miraba. Era una sombra que había matado al cuerpo que la proyectaba, solo para esfumarse poco a poco ella misma. Desde que traicionó al Thecnetos y a los rebeldes, había perdido su identidad y sentido de ser. Por primera vez estaba frente a alguien que lo hacía sentir como antes, que le permitía volver a ser él, el mínimo y vulgar Abismo. Por eso, sin dejar el simulacro de superioridad, disfrutó su inferioridad frente al Asesor.

—Hay un modo que vivas más días, quizás un mes más, acabar con toda la vida orgánica, la poca energía alcanzará para más tiempo. Poco a poco ejecuta a toda la humanidad esa energía te dará tu deseado tiempo.

—Lo haría, pero nadie obedecería esas órdenes, ya maté a todos los idealistas, pero no puedo ordenar a los abyectos a que se maten entre ellos. Hasta en lo más corrompido e involucionado persiste el deseo de continuar.

—Con mentiras, sí, primero mata a los débiles, a los no humanos, a los niños-juguete, no costará ningún trabajo.

—Solo quieres matarlos, no sé por qué, ¿Reportará acaso algún beneficio? ¿Todo por unos pocos días más? Eres la única persona que ve peligro en esos seres incompletos.

—Si te parece poco unos días, dime ¿cuánto cobrarías por vivir un día menos?

El Asesor salió sin pedir permiso y sin ruido.

—Volveré —dejó dicho en el aire.

Abismo quedo contemplando su minúsculo poder, solo comer, beber, fornicar, adornarse, ahíto, ya casi no sentía placer ¿y si no hiciera realmente nada? ¿Habría mucha diferencia?

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